Donde no hay ley, no hay libertad.
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Aquí, el conocimiento de ningún hombre puede ir más allá de su experiencia.
De los gendarmes hemos hecho grandes señores, los idiotas se han repartido los honores, los ladrones nos fabrican ricos, las almas oscuras se han llamado patriotas.
Todo el mundo tiene derecho a decir lo que piensa, pero no hay ninguna ley que obligue a nadie a escucharlo.
Cualquier usurero y canalla podía comprarse por unas monedas el título de “gran patriota del pueblo”.
Había muchas leyes liberales y ninguna libertad.
La propaganda de guerra se reduce, al final, a sustituir a los seres humanos por abstracciones diabólicas.
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